Hace algún tiempo decidí, entre otras cosas, escribir canciones. Bueno, la letra de ellas. Y de la música algún buen amigo se encargaría, eso es seguro. Después de algún tiempo (no me importa la redundancia) de mi salomónica decisión, empiezo a creer que lo mío es ponerle los títulos, o en todo caso hace falta mucha paciencia. Ya tengo unos 10 títulos de canciones aún sin contenido, espero más. Para la letra, mi paciencia es superior a la fulana del muelle de San Blas. En la oficina donde mal gasto mis vacaciones de invierno, y no precisamente por placer, el mejor lugar es sin duda el baño. Sin ruidos de impresoras ni teclados. Es preciso decir sobre ello, que odio mi trabajo. Pero tengo deudas así que debo conservarlo o tratar. Y es dentro de este malestar laboral por lo poco apasionante de lo que hago frente a la pantalla que se suma, como si no fuese sufuciente, a las depresiones que trae el frío y del mal ánimo de la vida, que llegan a esa asquerosa pantalla unas lineas que fulminan como esquirlas.
No sentía un impacto tan lacrimógeno como una vez cuando de niño no pude ver a papá por culpa de unos uniformados. Siempre comparé esos grandes muros donde estaban los uniformados con el Muro de Berlín, vi en la televisión como lo habían destruido, quise hacer lo mismo (pero bueno esa es otra historia).
no puedo continuar, se perdió el sabor.
Aquí y ahora (pareciera que no por mucho)
YO
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1 comentario:
Tienes razon
en la oficina respiro hondo
y evito msi caracajadas
cuando hablo contigo
perdona mi ortografia, pero ya no tengo quien me lo corrija
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